Anécdotas

ANÉCDOTA DE UN VIERNES SANTO

Tomado de Revista El Turno
Consejo Pro-Tradiciones Cuaresmales

Nací en la 24 calle y Avenida Elena zona 1, lo que antes se llamaba Cantón Barrios, cuando en las casas de noche a la hora de la cena se ponían candeleros con candelas de parafina o cebo para alumbrarse, cuando las calles de los barrios más marginados era de tierra y se levantaban las grandes nubes de tierra, cuando era verano, y grandes lodazales cuando era invierno. Mis padres que no fueron dueños de fortunas pues fueron pobres y humildes pero muy trabajadores, nos dieron siempre su amor y comprensión bajo este manto de pobreza y humildad nací yo.

 Mi difunto padre que también fue un devoto cargador del Señor De La Merced y del Cristo Yacente del Calvario, el Viernes Santo se iba muy temprano para el templo de la Merced, en el momento que mi padre se ponía la túnica, a mi me empezaba a temblar todo el cuerpo, no se porqué, pero me daban miedo los cucuruchos; para entonces tenía la edad de cuatro anos y las marchas y cucuruchos eran mi martirio. Cuando mi padre regresaba de la Merced, corría a esconderme debajo de una cama y salía hasta que él se quitaba su túnica.

 No se como perdí el miedo, pero la realidad es que a la edad, de ocho anos salía solo a las calles y comencé a ver las procesiones de Semana Santa en compañía de mi primo hermano que era un año más grande que yo, comenzó a nacer en nosotros la ilusión de cargar al Señor De La Merced. Nos costó mucha espera, pasaron varios anos y nuestras ilusiones no se cristalizaban, en gran parte porque por aquel tiempo era muy difícil que un niño de doce o trece anos cargara a los Nazarenos o Cristos Yacentes. Otro obstáculo era que las hermandades esperaban a los devotos cargadores hasta el cuarto domingo de cuaresma, es decir, a los antiguos.

 Si para esa fecha no se había hecho presente algún cucurucho antiguo, según los que hicieran falta, tomaban un pequeño número de nuevos devotos. A Dios gracias, mi primo y yo, no pasamos por esta espera. Fue así como llegó la Cuaresma del ano de 1945, le dije a mis padres que me regalaran cincuenta centavos o un quetzal para irme a cartabonear a la Merced. Mi padre me decía que no me iban a inscribir porque todavía no daba el alta. Mi inseparable primo me ayudó a convencer a mi progenitor, porque él también cada día le pedía a Dios, se nos cumpliera nuestro deseo.

 Llegó el primer domingo de cuaresma, y en compañía de un hermano mayor, llegamos a la Merced, él platicó con los directivos para que nos inscribieran, a lo que ellos se opusieron en un principio, pero el hermano que estaba en el cartabón, al ver nuestras caras de tristeza que pusimos, llenas de dolor y amargura, se condolió de nosotros y nos llamó y me preguntó cuantos anos teníamos, le contesté, yo tengo trece anos y mi primo catorce anos. Se retiró y llamó a carios de ellos y les dijo, “pobres patojos hay que inscribirlos, no les quitemos la ilusión”.

 El insistió diciéndoles, “recuerden que acaba de pasar la revolución del veinte de octubre y no cabe duda que murieron muchos hermanos”. Ellos se pusieron a meditar y aceptaron en inscribirnos. Nuestro primer turno fue de media cuadra, que comenzó del Pasaje Aycinena a la séptima avenida sobre la novena calle. Fue la única vez que cargamos juntos en el mismo turno, pues la madre naturaleza me hizo crecer un poco más pequeño.

 En mi Infancia como devoto cargador del Señor De La Merced, mi señor padre, era el que pagaba mi inscripción. Pero llegó el momento, llegó el día, el ano, que me puse a meditar que ya era hora en que yo tenía que luchar y trabajar para cancelar mis inscripciones y cuando ya lo hice me sentí satisfecho.

Fue entonces cuando le hice una promesa al Señor De La Merced. Para entonces, yo era soltero, y le prometí sólo con mi palabra que brotaba de lo más profundo de mi corazón que durante el tiempo que El me permitiera que lo llevara sobre mis hombros, lo haría, más si por razones mundanas o por vicios que son lo que corrompen el alma del hombre, se me hubiera presentado dificultad y no poder cancelar mis turnos, ya nunca más volvería a llevarlo sobre mis hombros, pues siempre he sido de mi criterio que primero esta Dios. Pasaron los anos, mi inseparable primo duerme y descansa en paz, mis padres le pido a Dios, que los tenga en un pedacito de su Paraíso, pero, a mi me llegó el momento de mi prueba. En la cuaresma de mil novecientos setenta y tres, me encontraba sin trabajo, lleno de hijos y en una situación muy difícil.

 M e fui a inscribir a los templos de San José, la Candelaria, El Calvario y a la Merced, y en todos quedé debiendo los turnos. Los pocos centavos que ganaba servían para los alimentos. Se llegó el sábado de ramos y no pude sacar los turnos. Comencé a sentir una tristeza muy grande que invadía mi alma, el corazón me golpeaba el pecho con sus latidos tan fuertes.

 Ese Sábado de Ramos mis ojos se llenaron de lágrimas durante toda la noche, sentí en mis labios el sabor salado de mi llanto. Al amanecer el Domingo de Ramos, me puse mi túnica y me fui a San José. Acompañe al Señor durante el recorrido rezando el Santo Rosario. El Jueves Santo, me fui a Candelaria e hice lo mismo detrás del Señor rezando el Rosario con un Rosario que mi madre me había regalado anos atrás. Recorrí todo el itinerario. A las diez de la noche, me encaminé para donde vivía que era la catorce calle de la zona doce.

 Eran las doce de la noche, prácticamente ya era Viernes Santo, me quedé profundamente dormido. Cuando desperté, la claridad de la mañana entraba por la ventana dándome la impresión que era tarde, y lo primero que vino a mi mente era que el Señor ya había salido. Me senté y no sabía que hacer si ir, o no ir, porque según yo, ya eran como las nueve de la mañana.

 De pronto pegué un brinco y me paré, me vestí con mi túnica y salí corriendo sobre la catorce calle, salí a la calzada Aguilar Batres, había caminado poco cuando me alcanzó una camioneta de la ruta ocho. El señor piloto me llamo y me dijo “si va para la Merced, súbase porque yo voy a tomar turno al otro extremo”, fui el único pasajero porque a nadie más le paró. Me dejó en la esquina de La Merced, y cual no sería mi sorpresa que el Señor todavía no había salido.

 Me llené de gozo al bajar de la camioneta y ver que la procesión no salía, le di gracias a Dios, a mi Padre Celestial que está en el cielo, y me dije para si mismo, “aunque ya no voy a encontrar lanza, al menos voy a recorrer por último ano desde el principio hasta la entrada”. Mis pupilas se dilataron cuando al entran al Templo, mis ojos se posaron en un objeto que estaba recostado en la columna izquierda del primer arco. Era ni más ni menos que una lanza. La tome y me dirigí hacia donde estaba el anda con el Señor, me arrodillé saque mi rosario y empecé a rezar. Al minuto de haber entrado se comenzaron a oír las notas de la Marcha “Señor Pequé”. Ya en el recorrido encontré a un hermano que se acompañaba con mis sobrinos, pues ellos también eran devotos del Señor De La Merced, y al preguntarme que turno me había tocado, les conteste que no había podido sacarlos. Comenzaron a transcurrir las horas y sentía que al llegar las tres de la tarde le diría adiós a mi Nazareno De La Merced así como también a las demás imágenes. Serían como las diez de la mañana cuando en el cruce de la segunda avenida y quinta calle faltando unos setenta y cinco metros para que el Señor llegará al Conservatorio de Música, surgió entre las filas de los Lanceros y Cucuruchos un hermano cucurucho que preguntaba “Quien tiene alto cuarenta y uno?”.

 Al oír esto se le pusieron en frente alrededor de doce cucuruchos que tenían esa estatura. De pronto sin saber como sucedió, levantó su vista y se posó en mi persona, hizo a un lado a los hermanos, que tenía enfrente, y se dirigió adonde yo estaba con mi lanza, que aproximadamente eran unos siete metros, y me dijo, “Usted tiene alto cuarenta y uno verdad?” a lo que conteste que sí, porque en verdad ese es mi alto. De su boca no salió preguntarme porqué no portaba mi turno, me tomó de la mano y como si fuera su hijo, me llevo a la esquina de la tercera avenida y quinta calle y me dijo “aquí toma el brazo número cuarenta y tres” y me dejó ahí, se perdió entre todos los hermanos.

 Mi cuerpo empezó a temblar, mis piernas me estaban temblando, sentía que me iba a caer antes que llegará el Señor. Comenzaron los encargados de revisar los turnos a chequear y no me dijeron nada. Por fin llegó el anda, tomé el brazo que me había dicho y lo lleve hasta la esquina de la Iglesia de Santa Catalina. En esa cuadra le di infinitas Gracias al Todopoderoso. Al terminar mi turno, empecé a buscar al hermano para darle gracias.

Estaba muy seguro que lo encontraría rápido, pues era de porte alto, de facciones no muy comunes, de tez bronceada y su mirada era penetrante y serena. Lo busqué en la parte del Anda, lo busqué en los ciriales y no lo encontré en toda la Procesión. Llevo veinte anos de estarlo buscando cada Viernes Santo y aún no lo encuentro. Lo que sí sé, es que mi Padre Celestial me hizo ese Milagro y gracias a El este ano de 1994, el Viernes Santo, cumpliré mis cincuenta anos, de llevar sobre mis hombros al Divino Maestro Representado por medio del Nazareno De La Merced. Al agradecer a ustedes su fina atención para mi solicitud, me es grato suscribirme no sin antes disculparme por mis falta de Redacción y Ortografía.

 Atentamente:

 TOMAS LOPEZ GONZALES

Villa Nueva, 27 de marzo de 1994.

GRACIAS AL CUCURUCHO DESCONOCIDO

Tomado de Revista Santo Entierro
Guatemala, Abril-Agosto 1999
No.34.  II Época. Pág. 2

                                     

Para quienes gustan de escuchar las cosas hermosas que ha hechos nuestro Señor, es especial motivo de interés y un deber de quien les escribe contarles esta hermosa anécdota de Martes Santo.

Sumido en la profundidad de la oración mientras tomaba mi turno en aquella tan tradicional Procesión de la Reseña, pedía al Nazareno de Zúñiga una oportunidad de llevarlo en hombros durante su turno de entrada alguna vez en mi vida. Una oportunidad que pensé se prolongaría a una espera de varios años.

 

Podría ser cierto que una petición de este tipo sonara a un toque de vanidad, y por que no decirlo, de egoísmo. Fue talvez ese el motivo por el cual, la idea de dicha petición abandono mi mente unos instantes después de terminar mi turnos, pues pensé que algo tan efímero y tan egoísta no seria bien visto por nuestro Señor, dándole así la razón si esto nunca se realizara, pues lejos de merecer un premio, con ese toque de egocentrismo era digno de  un “jaloncito de orejas”…

 

Al terminar mi turno, caminé presuroso rumbo al interior del recinto mercedario para apreciar desde un buen ángulo la entrada de dicho cortejo. En el templo ya no cabía un alma, fue por eso que me quedé un par de metros cerca de la puerta principal, ante la imposibilidad que tenia de seguir mas adentro.

 

Llego Jesús al atrio, el anda se detuvo y luego del cambio de turno, sonó el timbre otra vez. Se procedió de inmediato a dar la vuelta para la bendición y seguidamente quedo el anda en posición vertical a la nave central.

 

Las bellas notas de “A los pies del Maestro”, se dejaron sentir con tal elocuencia que un fuerte escalofrió me corrió de pies a cabeza. Mientras esto sucedía, quite la mirada de los ojos del Nazareno de mis querencias por una extraña razón. En ese momento uno de los cargadores de aquel tan “añorado” turno de entrada, un hombre de edad avanzada, me puso la horquilla enfrente. Con torpe gesto se la recibí, pensando que su deseo era no cargar con ella por la incomodidad que la misma pudiera ocasionarle a la ancianidad de sus manos.

 

Todo lo que les cuento pasó tan rápido que hasta el momento en el que estoy dando forma a esta vivencia en el teclado de mi máquina, me cuesta describir con plena certeza lo que me sucedió aquel Martes Santo.  Esta persona desde hoy un gran amigo cuyo nombre no sé, me dio un halón del brazo y me colocó en su almohadilla. Tan absorto estaba en lo que les narro que mi boca a muy duras penas alcanzo a esbozar un tímido “¡Gracias…!”. Cerré mis ojos y comencé a ordenar mis ideas puesto que no podía creer lo que me estaba sucediendo. Salvador Iriarte llegó a mi pensamiento cuando “¡Señor de la Merced!”  hizo su entrada triunfal en los oídos de quienes gustamos de tan bella marcha. Mónico De León hizo lo mismo con su marcha “La Reseña”. A todo esto, mis ojos comenzaron a destilar fluidas lágrimas ante la imposibilidad de poder controlar la gran emoción que, de improviso, había asaltado felizmente a mi alma. Lo que pedí en mi oración hacía escaso cuarto de hora estaba sucediendo. No  podía dar crédito a lo que acontecía, pues los nervios se apoderaron de mí. Solo Jesús de la Merced pudo darme la serenidad y la paciencia para gozar ese hermoso momento.

 

Al terminar el turno y dejar en su dosel a mi Nazareno amante, contemple la imagen por breves momentos. De inmediato regrese a este mundo y me apresure a buscar a aquel benefactor milagroso que había dado una de las mejores sonrisas de mi vida. La búsqueda fue infructuosa puesto que jamás volvía a verlo.

 

Pasado este dichoso momento, unas horas más tarde contaba esto a uno de mis amigos, quien me dijo: “Fue tan grande tu fe que te lo concedió en el momento…” Es por eso que hoy quiero compartir esta grata moraleja de un suceso que quedó grabado para siempre en mi corazón. Mientras más grande sea su fe, más rápida será la respuesta, ya que no debe olvidarse de aquel dicho que reza: “La fe mueve montañas”.

 

Cobró mayor impacto cuando hice un poco de “gimnasia mental” y me recordé de haber escuchado algo muy similar a lo acontecido aquel Martes Santo. Era la historia de un anciano que no pudo comprar su turno un año debido a razones económicas y que de una forma muy similar un celador de cambio de turnos lo llamó a él ante la ausencia de un devoto en uno de los turnos. Lo que más me llamó la atención fue el hecho de saber que la imagen con la que le había pasado esa vivencia es la misma que me motivo a escribir mi relato.

 

La Semana Mayor quedó atrás. Hace exactamente una semana que esto sucedió y movido por el ánimo de agradecerle a este estimable “Cucurucho Desconocido” el favor hecho a mi persona, me tomo las páginas de este medio de comunicación católica para darle las mas sinceras gracias.

 

Donde quiera que esté mi querido hermano: ¡Gracias, Que Dios le Bendiga!

 

Atentamente:
 
Un cucurucho igual que usted.
Guatemala, Abril del Año del Señor de 1,999.

 

ANÉCDOTA DE LOS 350 AÑOS DE VENERACIÓN 

 

Guatemala, 26 de febrero de 2005 

Soy un hermano cargador que ha estado ligado a esta tradición guatemalteca desde la infancia, como muchos otros cargadores que la heredaron de sus padres.  El día sábado 26 de febrero, ha sido una de las fechas más significativas para el pueblo católico guatemalteco y especialmente para mí, pues la visita del Señor a su antigua casa ha sido simplemente conmovedora y hermosa.  Aparte de todos los sentimientos que despierta por sí solo el “verdadero Jesús” como suelen llamarle, para mí esa visita tuvo muchas connotaciones tanto emocionales como espirituales y les contaré por qué.

La salida de Jesús de La Merced tiene una especial connotación para mi persona, pues me recuerda mucho a mi abuelo, quien me inculcó el amor por la Semana Santa y me estimuló a cargar y participar activamente en las procesiones.   Mi abuelo siempre nos levantaba temprano para ver la salida de Jesús de Las Palmas y de Jesús de La Merced, pero a consecuencia de su edad se le prohibió manejar y se le hacía virtualmente imposible ir a ver las salidas que tanto le agradaban.  El Viernes Santo del Año 2,000, yo ya tenía la posibilidad de tener carro y me nació levantarme temprano e invitarlo a ver la tan ansiada salida de Jesús de La Merced (que si mal no recuerdo fue a la 5:00); la noticia le fue tan de sorpresa y agradable que una hora y media antes estaba listo en la sala de la casa, esperándonos a mi madre y a mí.  Cuando llegamos, logramos entrar al templo y tuvimos una de las posiciones más privilegiadas para observar la salida.  El rostro de mi abuelo era de emoción y alegría, imagen que jamás olvidaré…  su rostro denotaba la alegría de un niño… 

 Mi abuelo murió el 2 de junio de ese mismo año y la salida de Jesús de La Merced, fue la última procesión que vimos juntos…  se despidió del Señor en compañía de su nieto y lo entregó a él… Es por eso que la salida de Jesús de la Merced tiene un especial significado para mí, pues me recuerda a mi abuelo a quien quise mucho.

Como les mencionaba, desde la infancia he sido devoto cargador, y sé (por mi madre) no por mí, que la primera imagen que cargué fue la del Niño Jesús de la Demanda a la edad de 4 años.  Desde ese entonces había cargado constantemente en procesiones infantiles y cuando crecí, también en los cortejos procesionales principales de la Semana Santa guatemalteca, hasta el año pasado, cuando a consecuencia de una lesión en la columna vertebral, me fue prohibido cargar.  Recuerdo que el último cortejo que cargué fue el de la conmemoración de los 50 años del Niño Jesús de la Demanda, la cual fue el tercer domingo de Cuaresma.  Luego fue cuando tuve la lesión; está por demás decir que esa noticia fue devastadora para mí y me deprimió mucho.  Sin embargo, acompañé (en la medida de mis posibilidades, pues también se me hacía difícil el caminar) a los cortejos y en especial la salida del Viernes Santo de Jesús de La Merced.

El Viernes Santo en la noche, el dolor de la espalda era enorme y se me hacía imposible soportar estar de pie por mucho tiempo.  A la semana siguiente fui intervenido quirúrgicamente por la lesión y estuve en recuperación por espacio de tres meses.  Entre las recomendaciones estuvo la prohibición de cargar procesiones de por vida… Cuando me enteré de la procesión de la Conmemoración de los 350 años de Jesús de La Merced, me emocioné e inmediatamente fui a comprar el turno, con el objetivo de obsequiárselo a alguien o (si podía) cargarlo yo mismo, a pesar de las prohibiciones.  Hubo por parte de mi familia oposición a mi idea, pues no me había recuperado del todo y aún percibía dolores y molestias en la espalda que les hacía temer alguna consecuencia de gravedad.  Prometí que sería la única procesión que cargaría…

 Llegó el día 26 de febrero y estaba totalmente decidido a cargar, no importándome las consecuencias.  Mi turno era el del Arco de Santa Catarina, ya casi en la entrada como a las diez de la noche, por eso salí de la ciudad como a las 6 de la tarde, pues además mi novia cargaba a las 6:30.  Llegué a la Antigua, caminé con la procesión y contemplé maravillado el paso del Señor por la Catedral de Antigua,  luego me adelanté para hacer la fila respectiva en el turno, en donde el hermano de mi novia me aconsejó que si me pesaba no metiera el hombro.   Cuando las andas estaban cerca de mí, la emoción me embargaba y sentía aquella sensación de alegría y paz que solamente los que cargan pueden describir.  No está demás decir que tenía mis temores acerca de la operación y pensaba en alguna consecuencia a mi temeridad.

Al tomar el turno, recordé el consejo del hermano de mi novia, y me dije “si pesa mucho, saco el hombro”, sin embargo olvidé esa idea por completo al escuchar las notas de Camino al Gólgota y me sumí en la emoción del momento…  Traté tanto de concentrarme y agradecerle al Señor por la oportunidad de llevarlo en hombros en esa ocasión tan especial, que no me di cuenta cuando el turno finalizó y tenía que entregarlo.  Me despedí del Señor con gran gozo y agradecido, pues no creía que podría volverlo a cargar…

 Les escribo 5 días después de ese especial día y les cuento que el dolor de la espalda desapareció y no me ha molestado para nada…  es como si no me hubieran operado…  Llámenlo como quieran pero para mí existió un milagro muy especial y se lo atribuyo al Señor de la Merced a quien estaré eternamente agradecido… Saludos…

 P.D.     A propósito, la fecha de mi nacimiento fue el 9 de julio de 1978, cuando salió en        procesión por la conmemoración de los 200 años del traslado del Señor a la Ciudad de  Guatemala.  Creo que yo estoy más ligado a El de lo que imagino…

           

 

 

EL  MILAGRO MATERNO DE JESUS DE LA MERCED

 
Silvia Sepúlveda Hernández
22 de Febrero de 2007

Buen día que Dios me los bendiga, solo se les quería comentar que hace tres años casi, estuvimos al borde de la muerte mi hijo y yo, pues tuve Preclamsia, fue increible que en tres ocasiones casi me fui y en esos momentos tuve a Jesús enfrente de mi…

 

…Y  si es cierto que el Señor de la Merced es el que más se le parece, es aún más hermoso pero tiene una mirada de un padre amoroso, que me pedía irme pero le pedí no irme;  por mis dos hijas, más que tengo.

Le agradezco la virtud de permitirme el poder verlo. Solo quería compartir con ustedes y si pueden verlo los insto pues es precioso, bueno todos pero él a partir de eso, me hizo sentir como si en verdad lo estuviera viendo a Jesucristo, que Dios los bendiga siempre.

Silvia Sepúlveda Hernández
Silvia.sepulveda.hernandez@gmail.com

 

 

 

 

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