Los Retratos Mayores

EL RETRATO DEL TEMPLO DE LA MERCED

 

 

Asoman finalmente el grupo de los cuadros que reproducen la imagen del Nazareno Mercedario en mayores dimensiones, superan el metro sesenta y cinco centímetros y tienen un metro de ancho. El primero pertenece a la iglesia de la Merced puesto a pública veneración. Presenta a Jesús en su clásica composición centrado entre cortinajes rojos, con fondo oscuro, resaltando con una túnica blanca con detalles de brocado dorado ocre. La imagen siempre dispuesta sobre una mesa sencilla cubierta con un mantel blanco, porta la cruz verde con detalles de la vid plateados y cantoneras que simulan plata, con cantonera acompañadas de piedras preciosas.

La talla de Jesús tiene un giro hacia la derecha y muestra la posición de las manos y los pies en la misma forma que es visible en los anteriores, pero curiosamente ninguna de sus extremidades tiene las cruces de consagración, pero se le define como retrato del Nazareno Mercedario, primero porque está dentro del recinto eclesiástico que le pertenece y segundo por su giro y posición para cargar la cruz, además de los detalles de la misma que son sin duda alguna los que siempre caracterizaron al Nazareno aludido.

Además se complementa con el mismo movimiento característico en la imagen de Jesús de la Merced y luego figura el cíngulo como que fuese de plata, largo que pende desde el cuello en dos hilos que caen hasta debajo de la túnica doblándose en sentido contrario a todos los cuadros, ya que figura en orden hacia la izquierda.

 La mesa en que está colocado está recubierta con un mantel blanco y en esta forma pareciese que se trata de una andarilla, de la cual penden ondulaciones con cierto resaltados o bordados en blanco. Encima de éste dos floreros simulando ser de oro y plata y llenos de rosas rojas, lo cual confirma la composición clásica en los retratos pintados de Jesús de la Merced.

 

 

EL RETRATO DEL TEMPLO DE SAN FRANCISCO

 

Para concluir uno de los cuadros con proporción y calidad. Se trata de la representación del Nazareno Mercedario con un movimiento que le hizo variar la posición del rostro, lo cual pareciese que no se trata de él, sino de Jesús de Candelaria, ya que mira hacia abajo. Aunque pudiese contemplarse dentro de esa perspectiva, al ser enmarcado en las posiciones anteriores, con cortinajes similares en un posible palio y luego sobre una mesa cubierta de mantel blanco, con flores y agregar un florero confirma que se trata de un retrato del Nazareno Mercedario.

La cruz es similar a todas las anteriores, tiene una vid enredada en los travesaños y presenta las cantoneras típicas que caracterizan la cruz que porta el Nazareno Mercedario. La túnica es un tanto similar a la del retrato que permanece en el templo de la Merced, fondo claro con rocallas ocres con galones dorados en el cuello, las mangas y el final de la túnica. Las manos y los pies no tienen las cruces de consagración, pero el logro de los detalles de estas extremidades ofrece más detalle que en todos los casos anteriores. El mantel blanco sirve de fondo a las flores de colores azul, rojo y blanco, que aparecen desparramadas en el mantel y otras colocadas en floreros.

Todas son parte del influjo que la escuela de Flandes hizo en la pintura guatemalteca, pero demuestran como los artistas criollos pudieron formular soluciones propias en las que demostraron creatividad utilizando los característicos azules y rojos provenientes del añil y la cochinilla o posiblemente el achiote.

En este caso la composición de las flores, el florero, la calidad de ejecución de las extremidades y el detalle que asoma en el tornillo de sostén de la cruz y la imagen, una flor confeccionada de plata sobredorada hacen que este cuadro se convierta en la mayor ilusión de la forma de captar a la imagen de Jesús de la Merced, demostrando como hubo un desarrollo que al final llevó a realizar obras de alto sentido creativo como ésta.

La obra es la máxima expresión del retrato del Nazareno mercedario que unido a los anteriores forman una referencia de cómo los distintos pintores respondiendo a una necesidad de distintos sectores sociales de su época retrataron la vida y el alma de una etapa de la historia de Guatemala a través de la talla que puede considerarse más simbólica y emblemática, quizás porque supo captar el espíritu de los hombres de su época, pero mas que ello, pudo con su fuerza trasladarse hacia los grandes momentos de la historia subsecuente del país, enmarcándose en el momento de la pasión, ese sentimiento que hermana a los guatemaltecos de ayer y hoy.

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